El modelo terapéutico ha cambiado. Pero cualquier cambio no nace de la noche a la mañana, y no se debe perder de vista el camino recorrido, de dónde surge y cómo llega a donde llega.El riesgo está en perder de vista lo que se debe lograr en la terapia, perdernos de esto es olvidar qué es la terapia, y es en ese momento donde hacemos un daño importante a las personas.
Salteémonos todos los años pre-psicología como disciplina, a esto me refiero pre-Wundt -o al menos pre-Freud-, es decir, dejar de lado todo lo que tiene que ver con la necesidad del ser humano de entender su propia naturaleza, desde los rituales ancestrales, pasando por el “conócete a ti mismo” de Delfos, hasta la expiación cristiana, sin estar encuadradas dentro de la psicología como disciplina.
Lo primero que creo conveniente a entender es que la psicoterapia es la práctica de la psicología, y esta surge de la medicina, específicamente de la psiquiatría y neurología. Su nacimiento como su evolución están pautados por los principios de toda ciencia: el encontrar modelos que respondan mejor a las demandas. El modelo inicial que se da es el del médico-paciente, y esto se traduce en preguntas sintomatológicas infinitas, por un lado, y una relación fría y totalmente distante, por otro.
Lo primero en caer de estas dos variables fue la concepción individualista del síntoma. Sobre mediados del siglo XX varios profesionales, sobre todo los del ámbito de la hospitalización y trastornos graves, veían que los pacientes recaían una vez dados de alta cuando volvían a su entorno. Aquí un grupo de psicoterapeutas entendieron que el comportamiento y por tanto los síntomas no son del individuo (paciente identificado), sino que son una respuesta a la red vincular del sistema que tiene detrás. Por dar un ejemplo, cuando una persona tiene problemas de adicción, hay que atender que es lo que pasa en su entorno que lo promueve a consumir.
Lo vincular se ha ido deformando en un proceso que ha sido más lento y paulatino. Seguramente este cambio costó un poco más debido a las resistencias profesionales del despojarnos de la poker face que nos permitía esconder nuestras emociones bajo la premisa de que lo único que importaba en la terapia eran las experiencias y subjetividad del paciente. Hoy, más que nunca se evidencia la importancia de la implicación del terapeuta a este nivel, porque la herramienta fundamental de un terapeuta son sus propias emociones, algo que planteó por primera vez Jung en 1907 cuando escribó sobre la importancia de la contratransferencia y que el terapeuta debía tener bien trabajado sus aspectos personales. Aún un siglo más tarde sigue habiendo terapeutas que se niegan a profundizar y trabajar su propio mundo interior.
Lo fundamental es encontrar en la terapia un espacio seguro de crecimiento. Debe haber comodidad, confianza, y hasta por un tiempo incluso necesidad. Por momentos, el espacio de la consulta se vuelve un limbo entre la realidad y nuestro mundo inconsciente, proyectamos emociones que no son propias del lugar*1, ni referentes al terapeuta*2, y ese lugar, en esa hora de esos días, y con esa persona, comienza a tener un significado especial, un significado que lleva al crecimiento. No debemos olvidarnos que el fin último es el resolver lo que aqueja a nuestros pacientes, pero el proceso no debe cerrarse únicamente a esa demanda.

[1]Winnicot hablaba de algo similar que era el espacio transicional, aunque lo hacía en referencia a la infancia.
[2]Esto es lo que se llama transferencia.