La psicoterapia ha evolucionado y adaptado a un mundo donde busca satisfacer las demandas de los pacientes, pero en un mundo donde asustan las incertidumbres y pagamos alto por la sensación de certeza.
El modelo terapéutico ha cambiado, y ningún cambio nace de la noche a la mañana. Esto no se debe perder de vista: dónde nace una disciplina, el camino que recorre y el cómo llega a la actualidad. La psicoterapia se ha adaptado a los tiempos actuales, el riesgo en este transcurso es cuando perdemos de vista el fin último, esto es la sanación de la mente humana.
La búsqueda por pertenecer a una comunidad científica ha llevado que la psicoterapia pusiera como objetivo final la capacidad de explicar y demostrar leyes universales. El problema está en que el proceso debería estar enfocado a la individuación, esto tiene que ver con la exploración, el entendimiento y gestión de la propia subjetividad. Si bien es necesario fundamentarse de ciertos principios básicos, lo complejo entra cuando buscamos hacer una psicoterapia universal.
Una ciencia llamada psicología
Creo fielmente que la psicoterapia es la práctica de la psicología. Esta sí responde a un método científico, siendo la ciencia que estudia la psique humana. No es común encontrar esta diferenciación. Incluso suelen leerse como disciplinas sinónimas, y si bien las palabras mismas dan a entender esta distinción pareciera que no se suele entender del todo.
Cada asociación psicoterapéutica ha encontrado sus propios intereses en que su línea de investigación, como marco teórico, respondan más o menos a una epistemología positivista. Sin embargo, en mi opinión, el costo de acomodarse a ciertas pautas y normas lleva a perder el verdadero potencial sanador del alma. Nuevas políticas llevan a la psicoterapia a un ámbito que es exclusivamente médico, la importancia del diagnóstico, informes que generan etiquetas, dar bajas médicas y sobre todo medicar.
Los países que se han mantenido más firmes con enfoques psicoanalíticos o humanistas, han creado una cultura de la terapia. No restan importancia a los avales científicos, pero priorizan lo terapéutico y sanador detrás de sentarte con un otro, en la comodidad de la completa ignorancia de que le sucede. No hay recetas mágicas, no hay tareas que sirvan para todos por igual, no hay vergüenza ni debilidad detrás de esto.
La psicología ha evolucionado dentro de lo experimental por un camino, y la psicoterapia, dependiendo su deseo de ser considerada una ciencia se ha ajustado más o menos a la academia. El equilibrio pasa en el entender que la práctica nunca podrá llegar a ser una ciencia, porque trata la individualidad, todo aquello que va más allá del instinto o del funcionamiento en común, es el adentrarme en lo que me hacer ser quien soy y cómo soy, es llevar la ciencia al individuo.
Los nuevos modelos
En sus inicios, el modelo es el del médico-paciente, que se traduce en preguntas centradas en el síntoma, por un lado, y una relación fría y distante, por otro. Históricamente en terapia lo primero en caer fue la concepción individualista del síntoma. Sobre mediados del siglo XX profesionales del ámbito de la hospitalización veían que los pacientes recaían una vez dados de alta cuando volvían a su entorno. Aquí un grupo de psicoterapeutas entendieron que el comportamiento y por tanto los síntomas no son del individuo (paciente identificado), sino que son una respuesta a la red vincular del sistema que tiene detrás.
Pero más allá de los sistémicos, toda la rama humanista, entre los cuales podemos mencionar por ejemplo la Gestalt de Perls o la logoterapia de Frankl, han profundizado no solo en el cuestionamiento del concepto de síntoma, sino en la modalidad del vínculo paciente-terapeuta. Basta con leer Sueños y Existencia de Perls, o el Don de la Terapia de Irvin Yalom para encontrar detrás de todas sus experiencias, diferentes formas de trabajar con la naturaleza humana.
La creciente influencia de estos enfoques lleva a que lo vincular se ha ido deformando en un proceso que ha sido más lento, pero más profundo. Seguramente, este cambio fue paulatino debido a las resistencias profesionales de despojarnos de la poker face que nos permitía esconder nuestras emociones, todo esto bajo la premisa de que lo único que importaba en la terapia eran las experiencias y subjetividad del paciente. Hoy más que nunca se evidencia la importancia de la implicación del terapeuta a este nivel, porque la herramienta fundamental de un terapeuta son sus propias emociones, algo que planteó por primera vez Jung en 1907 cuando escribó sobre la importancia de la contratransferencia y que el terapeuta debía tener bien trabajado sus aspectos personales. Aún un siglo más tarde sigue habiendo terapeutas que se niegan a profundizar y trabajar su propio mundo interior.
El terapeuta como instrumento
El problema que veo detrás de este retorno al radical enfoque médico que se está dando actualmente en ciertas culturas, pasa por el ignorar el aspecto más importante del vínculo terapéutico. Actualmente, no hay estudiante que se gradúe en psicología sin saber la importancia de cuidar el tan conocido rapport. Esto no es tener pañuelos a disposición y ofrecer un vaso de agua o un té a nuestros pacientes, ni siquiera es considerar solamente lo que al paciente le pasa con nosotros, sino a lo que nosotros nos pasa con el paciente.
Sería interesante (si no hay ya) estudiar en países donde la psicoterapia se está volviendo una disciplina médica de hospitales, preguntarles a los profesionales cuantos han realizado trabajos terapéuticos personales, no buscando alivianar algún síntoma, sino con el fin de trabajarse, conocerse para tener un mayor control sobre las emociones emergentes en terapia.
Nosotros somos nuestros propios instrumentos, nuestras emociones son el barómetro para poder realmente conectar con los pacientes, en la medida de que aparezcan sensaciones desagradables o que rechazamos, nos bloquearemos y entorpeceremos los procesos terapéuticos, En general sin darnos cuenta.
La terapia actual
Actualmente, ya sea por avances de la ciencia o por posibilidad de conocimientos, nos encontramos en lo que podría ser el momento ideal para la formación de terapeutas. Los profesionales son cada vez más conscientes de la necesidad de formar vínculos genuinos con los pacientes, y aunque en muchos casos nos olvidamos el verdadero significado de esto, a menos están las posibilidades sobre la mesa.
Las corrientes psicológicas dejan de ser lo primordial, para enfocarse en el paciente y que necesidades tiene. Los terapeutas se forman más en técnicas, se nutren de lo trabajado y estudiado por diversos autores. La dificultad actual, sin considerar la incidencia que un sistema regido por el mercado laboral y poder llegar a fin de mes, es la de animarnos a enfrentarnos a todo aquellos que nos incomoda
Lo fundamental es encontrar en la terapia un espacio seguro de crecimiento. Debe haber comodidad, confianza, y hasta por un tiempo incluso necesidad. Por momentos, el espacio de la consulta se vuelve un limbo entre la realidad y nuestro mundo inconsciente, proyectamos emociones que no son propias del lugar, ni referentes al terapeuta, y ese lugar, en esa hora de esos días, y con esa persona, comienza a tener un significado especial, un significado que lleva al crecimiento. No debemos olvidarnos que el fin último es el resolver lo que aqueja a nuestros pacientes, pero el proceso no debe cerrarse únicamente a esa demanda.

Ps. Mateo Montoro Inchausti
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