Hablar menos de «síntoma» o de «trastorno» y hablar más del rol que ocupo en un entorno es lo que nos hará pasar de la culpa a la responsabilidad y, por lo tanto, a la posibilidad del cambio.
A mediados del siglo pasado, un grupo de terapeutas comenzó a darse cuenta de que el principal problema de los pacientes internados aparecía en el momento del alta. Cuando retomaban su vida familiar y volvían a la misma dinámica, al poco tiempo regresaban con los mismos síntomas. Esto no debe interpretarse con el clásico «es todo culpa de los padres», ya que esa es una explicación simple e imprecisa. Pero entonces, ¿por qué sucedía esto?
Simplificar la terapia a los traumas de la infancia y a la fortaleza yoica —conocida hoy como resiliencia— es preparar a la persona para seguir dándose golpes en la vida. Reconocer y aceptar las emociones que nos despiertan las diferentes situaciones vitales es clave para la salud mental, y esto se logra mediante una mayor flexibilidad.
La familia
En lo que respecta a las familias, se busca evitar el concepto de «trastorno». En su lugar, se habla de funcionalidad o disfuncionalidad familiar. Toda familia es el resultado de la combinación de dos culturas familiares diferentes (la de cada miembro de la pareja). Sin embargo, lo que realmente terminará por definirla será la comunicación que exista entre ambos cónyuges. De esta forma llega a conformarse lo que Minuchin definía como pautas transaccionales, es decir, todas aquellas normas —por lo general implícitas— que existen en una familia.
En este proceso de «hacer familia» se cumple la idea de que el todo es más que la suma de las partes, porque deben considerarse los roles y los diversos modos de relacionarse que dan lugar a lo que llamamos dinámica familiar. Al estado en el cual la estructura familiar se mantiene unida gracias a una determinada dinámica se lo denomina homeostasis familiar, siendo esta la que asegura la supervivencia del sistema.
Al igual que los individuos prefieren la estabilidad antes que el cambio, esta homeostasis únicamente se ve alterada frente a las crisis (divorcios, pérdidas, despidos, mudanzas, síndrome del nido vacío, etc.). El problema es que existen crisis que son normativas, es decir, que inevitablemente van a suceder. Tener o no tener un hijo, por ejemplo, puede representar una crisis en cualquiera de las dos opciones; también lo pueden ser la convivencia, la jubilación o la pérdida de un familiar cercano. La vida va a exigirle a la familia que, en determinados momentos, rompa esa homeostasis para adaptarse a una nueva dinámica más funcional al nuevo contexto.
Aquí aparece la importancia de distinguir entre lo funcional y lo disfuncional. Una familia es funcional cuando su dinámica relacional presenta una flexibilidad tal que permite a sus miembros explorar, descubrir, mantener y fortalecer todas las áreas de su persona para favorecer un desarrollo saludable. La disfuncionalidad aparece cuando, con el fin de mantener la homeostasis, la familia coloca a uno o varios miembros de manera rígida e inamovible en un rol que no les permite crecer, explorarse y que, en realidad, ni siquiera les pertenece. Un claro ejemplo de esto ocurre cuando, tras un divorcio, se coloca a los hijos en el lugar de confidentes de sus padres.
La necesidad de cumplir un rol
Si no nos cuidamos o no cuestionamos nuestra identidad, esta termina forjándose en un constante hacer para los demás con el fin de sentirnos aceptados. La sonrisa instintiva del bebé, con fines de supervivencia, es una prueba de cómo existe una tendencia social innata. Ese instinto se convierte en una conducta aprendida cuando se rompe la simbiosis con la madre, y es ahí donde nuestro yo entra en una búsqueda constante —salvo en trastornos graves— de ser suficiente para nuestro entorno.
La familia es el primer lugar donde buscamos obtener un rol: el protector, el gracioso, el inteligente, etc. Ese mismo rol lo vamos adaptando a los diferentes grupos de los que formamos parte hasta lograr una identidad relativamente estable. Si bien todo dependerá de cómo haya sido ese proceso, las situaciones de crisis que exigen un rol rígido y firme favorecerán que terminemos asociando esa función al resto de nuestra identidad.
Bronfenbrenner plantea un esquema de los diferentes sistemas que influyen en la persona, además de la familia, pero la mejor forma de comprender esa influencia sigue siendo a través del rol. Así como sucedía en la familia, también en el grupo de amigos, en el colegio e incluso en el trabajo se nos pedirá actuar de acuerdo con determinados roles.
Cuando se nos permite explorar el inmenso abanico de identidades que somos capaces de encarnar y la variedad de roles que podemos desempeñar, aparece la flexibilidad necesaria para desenvolvernos de forma óptima en las distintas áreas de la vida sin perder el bienestar. Sin embargo, cuando se nos enseña que solo somos «los torpes», «los trabajadores» o «los intelectuales», es como abrir una caja de herramientas y encontrar únicamente un martillo: tarde o temprano me frustraré por intentar destornillar con él.
No tenemos que poder con todo
Detrás de la idea de un rol rígido está la creencia de que existen determinadas tareas y funciones dentro de los grupos (en el trabajo, en la familia de origen o en la familia que formamos) que, «si no las hago yo, no las hace nadie». De un modo casi imperceptible se nos enseña que la estructura familiar es prioritaria por encima de todo. Existen incluso casos estudiados en los que pacientes adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria mejoraban al exteriorizar y trabajar la hipótesis de que sus síntomas servían para apaciguar los conflictos conyugales de sus padres.
El problema de identificarnos demasiado con un rol es que este termina confundiéndose con nuestra identidad. La identidad ya es, de por sí, una parte limitada de todo lo que podemos llegar a ser y de todo aquello de nosotros mismos que aún desconocemos; el rol, a su vez, constituye solo una pequeña parte de esa identidad. El problema aparece cuando escuchamos frases como: «Si no soy el confidente, no soy nadie». Es decir, cuando reducimos la totalidad de la persona al rol que desempeña.
Lo que hay que saber de la terapia familiar
La terapia sistémico-familiar surge con el objetivo de comprender tanto a las partes —los individuos— como al todo —la familia—. Entender que detrás de todo síntoma existe un beneficio, tanto para el paciente como para el sistema familiar, nos obliga a cambiar la terminología y hablar de paciente identificado o chivo expiatorio, ya que los pacientes son, en realidad, todos los implicados en esa dinámica.
La base del trabajo será acudir a lo que Neuburger llama la memoria familiar: aquella que se construyó a través de la comunicación verbal, pero sobre todo mediante la comunicación no verbal. Se trata de cuestionar las pautas transaccionales, los principios o dogmas incuestionables de la familia y, especialmente, ayudar a que cada miembro del sistema ocupe el lugar que le corresponde y que le permita desarrollarse.
Tener un rol es fundamental para la supervivencia; constituye uno de los pilares de nuestra identidad. Pero, como siempre repito, la salud viene de la mano de la flexibilidad y no de la ausencia de malestar. El criterio fundamental de salud será, por tanto, la capacidad de adaptar mi rol a lo que el entorno me pide.
Muchas veces el rol que construyo en mi grupo de amigos termina resultándome más cómodo que el que traía de mi familia. Esto genera no solo roces familiares, sino incluso auténticas crisis. No suelo basar mi trabajo en etiquetas; sin embargo, en la mayoría de los casos de padres y madres que acuden a consulta con hijos de entre 12 y 16 años, el diagnóstico suele ser siempre el mismo: adolescencia. Y esto, por supuesto, no supone un problema para el paciente identificado, sino para la familia y su equilibrio.
Tener un rol, repito, es fundamental, pero aún más importante es saber desprendernos de él cuando deja de servirnos. No existe pertenencia, validación ni aceptación del otro que justifique nuestro malestar. En la terapia sistémico-familiar buscamos precisamente darle sentido a esa idea, hacerla propia y comprender por qué, muchas veces, nos compensa mantener un rol incluso cuando nos está haciendo daño.

Ps. Mateo Montoro Inchausti
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Algunos textos orientativos:
- Neuburger, Roberto. La familia dolorsa: Mito y terapia familiar
- Bermúdez, Carmen y Brik, Eduardo. Terapia familiar sistémica: Aspectos teóricos y aplicación práctica
- Minuchin, Salvador. Familia y terapia familiar
- Watzlawick, Paul. Teoría de la comunicación humana