Durante mucho tiempo la psicoterapia ha sido vista como un lujo, o simplemente calidad de vida. Sin embargo, la creciente concientización de la salud mental nos plantea si no se trata más bien de un bienestar básico que permita vivir con dignidad.
En terapia nos guiamos constantemente por aquello que el paciente nos trae en la primera sesión, o incluso antes, durante la primera llamada. Me refiero al conocido motivo de consulta. Sin embargo, este no es más que un medio para alcanzar el verdadero fin: el objetivo terapéutico.
Los objetivos pueden ser muy diferentes en cuanto al contenido, pero suele tener angustias o frustraciones que surgen del mismo sitio. Todos partimos de malestares comunes —no poder levantarnos de la cama, conflictos en las relaciones, no ser capaces de poner límites a nuestro jefe sin hiperventilar, etc.— y solemos dirigirnos hacia metas muy parecidas. En el fondo, la mayoría de los objetivos apuntan a un mismo concepto: alcanzar un estado de paz o tranquilidad.
Aquí aparece una tensión que ha acompañado a la psicoterapia prácticamente desde sus inicios, desde que a alguien se le ocurrió colocar dos sillones frente a frente y comenzar a hablar de los problemas personales. ¿Hacia donde deberíamos orientar realmente nuestro trabajo los terapeutas? ¿Hacia la paz y la tranquilidad, o hacia la felicidad y la mejora de la calidad de vida? ¿estas dos cosas son las mismas?
Conflicto y angustia
La psicoterapia siempre se ha movido entre dos realidades muy distintas: por un lado, la idea aristocrática de poder pagar a alguien para hablar de nuestros problemas; por otro, el límite compartido con la psiquiatría de acudir a un «loquero» porque ya no somos funcionales para la sociedad.
La primero a entender es que todos convivimos con una angustia y un conflicto intrapsíquico. Se trata de una condición inherente al ser humano, consecuencia de nuestra capacidad de pensar y reflexionar. Esa angustia aparece en todas las personas, aunque con diferentes niveles de intensidad, adaptación y funcionalidad.
Esto puede llevarnos a una idea que, en mi opinión, es errónea: que a todo el mundo le vendría bien hacer terapia. Personalmente, soy un firme defensor del desarrollo de recursos propios y creo que, para encontrarlos, también es necesario atravesar momentos de soledad. La terapia debería convertirse en un espacio cuando esa soledad deja de ser una oportunidad y pasa a formar parte del problema. Un ejemplo claro ocurre cuando entramos en bucles de pensamiento o cuando todos los recursos que encontramos por nuestra cuenta están completamente contaminados por pensamientos irracionales derivados de nuestra propia historia.
Esta forma de entender la psicoterapia me ha llevado a trabajar siempre con un mismo objetivo profesional, independientemente del motivo de consulta, de la felicidad, del bienestar o de la calidad de vida: la autonomía.
Esto implica que cada persona aprenda a comprender sus propios conflictos y sea capaz, no necesariamente de resolverlos sola, sino de reconocer cuándo necesita ayuda externa para gestionarlos.
Ahora bien, una vez aceptada la importancia de fortalecer el yo, sigue existiendo una pregunta inevitable: ¿cuándo deberíamos considerar finalizado un proceso terapéutico? ¿Cuándo el paciente alcanza un estado de tranquilidad y bienestar o cuando logra encontrar, además, una forma de vivir feliz?
Bienestar o felicidad
La diferencia entre bienestar y felicidad me parece bastante clara.
En términos generales, solemos relacionar el bienestar con conceptos propios de la salud y de las necesidades básicas; es decir, con un estado mínimo que garantice una vida digna. La felicidad, en cambio, se acerca más a la idea de calidad de vida y, en cierto modo, constituye un privilegio al que aspiramos.
Además, el bienestar parece responder a un estado relativamente estable en el tiempo, mientras que la felicidad suele vivirse como una experiencia puntual. Es ese instante de entusiasmo, de plenitud o de conexión que aparece y desaparece, para después regresar a un estado emocional más equilibrado.
Desde esta perspectiva, ambos conceptos se complementan. El bienestar nos proporciona una base desde la que vivir, mientras que la felicidad aparece como esos momentos que enriquecen y dotan de sentido esa estabilidad. Al final, ambos objetivos están profundamente relacionados. La felicidad necesita de un cierto bienestar para poder aparecer, y el bienestar encuentra en esos momentos de felicidad un apoyo para mantenerse.
Por supuesto, conocernos mejor y trabajar sobre nosotros mismos facilita alcanzar ambos estados. Sin embargo, estos siguen siendo objetivos relativamente superficiales, lo que la terapia sistémica denomina cambios de tipo 1. El verdadero horizonte de la psicoterapia suele ser algo más profundo o, mejor dicho, más integrador. Debe implicar a la persona en todas las dimensiones de su experiencia: pensamientos, emociones, cuerpo y espíritu. Es lo que la terapia sistémica llama cambio de tipo 2 y lo que Perls, inspirado en la filosofía zen, denominó satori.
Algo más allá
Los objetivos que traen los pacientes suelen oscilar entre el bienestar y la felicidad, dependiendo del tiempo que llevan conviviendo con sus síntomas y del grado de sufrimiento que estos generan. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que alcanzar esos estados no siempre es suficiente para que una persona sienta que puede prescindir del espacio terapéutico.
Al menos desde mi experiencia, existen cuatro situaciones que llevan al final de un proceso: las resistencias que aparecen al acercarse a determinados temas, las limitaciones económicas, los propios límites del terapeuta cuando se enfrenta a algo que excede sus competencias y, finalmente, aquello que verdaderamente coincide con el alta terapéutica: el satori.
El satori es una experiencia que va más allá del bienestar y de la felicidad. Es ese «darse cuenta», ese «clic» que ocurre en determinados momentos de la vida y que integra el entendimiento racional, el emocional y el corporal. Implica un avance en la madurez que aporta comprensión y perspectiva. En muchos casos, incluso puede vivirse como una especie de pseudoiluminación.
Lo que diferencia esta experiencia del simple bienestar es la integración de la autonomía de la que hablábamos anteriormente. El satori modifica nuestra manera de actuar porque deja de ser necesario buscar constantemente la validación de otra persona para confirmar nuestras propias reflexiones e hipótesis. Supone volver a colocarnos en el centro, reconectar con nuestros deseos y necesidades y convertirnos en quienes mejor pueden reconocerlos y actuar consecuentes con lo que hacemos.
Objetivo terapéutico
El objetivo inmediato de cualquier terapia es responder a la demanda que trae el consultante. Sin embargo, esa demanda casi siempre presenta una cara oculta: un aspecto más o menos inconsciente que explica por qué esa persona necesita ayuda precisamente en ese momento.
Un ejemplo frecuente es cuando alguien dice: «No me pasa nada grave; simplemente quiero conocerme mejor y trabajar algunas cosas mías». Detrás de esa afirmación suele existir un acontecimiento concreto que impulsó la consulta.
La terapia, sin embargo, no debería obsesionarse con descubrir supuestos motivos inconscientes, sino comprender y abordar la demanda que la persona trae en ese momento. La vía para conseguirlo —y creo que en esto, de una forma u otra, coinciden prácticamente todas las escuelas psicoterapéuticas— consiste en volver a colocar al paciente en el centro de su propia psique.
Eso implica acompañarlo para que aprenda a escucharse y a reconectar con sus propias necesidades. La mente sabe mucho más de lo que creemos acerca de aquello que necesitamos; el problema es que muchas veces no encuentra el lenguaje adecuado para expresarlo. Nuestro trabajo consiste en ayudar a que la persona aprenda a comprender ese lenguaje.
La clave de cualquier proceso terapéutico está en la exploración, en sentirse cómodo dentro de la incertidumbre y del misterio que supone conocer profundamente a otra persona. Los terapeutas no somos sabios, aunque a veces se nos coloque en ese lugar. Que alguien proyecte esa imagen sobre nosotros probablemente solo significa que nos percibe cómodos y seguros allí donde precisamente él todavía siente miedo: en la incertidumbre del inconsciente.
El objetivo de la terapia es responder a una demanda, pero limitarse únicamente a hacerlo terminaría generando dependencia. Y creo que esa es una de las diferencias fundamentales entre el trabajo del psicoterapeuta y el del médico. Nuestro trabajo no consiste solo en aliviar un síntoma, sino en ayudar al otro a desarrollar sus propios recursos, fortalecerlos y descubrir la seguridad necesaria para seguir caminando sin nosotros.

Ps. Mateo Montoro Inchausti
Gracias por leerme y si te interesa algo del artículo te invito a comentarlo o preguntar