Por más contradictorio que resulte, en ciertos casos la mejor forma de trabajar los conflictos o las dificultades familiares es mediante una psicoterapia individual con enfoque sistémico-familiar.
Cuando uno piensa en hacer terapia, inevitablemente viene a la mente el trabajo sobre nuestra infancia y nuestra llamada familia de origen. Pero ¿Cuánto de lo que me pasa es responsabilidad de mis padres? ¿Cómo puedo liberarme de las hiperexigencias de mi infancia? ¿Habré necesitado más cariño? ¿Me habrán sobreprotegido?
Los enfoques sistémicos, como la terapia familiar, buscan hacer explícitas y reflexionar aquellas dinámicas que seguimos ciegamente por hábito, para poder cuestionarlas. Trabajar con el sistema —la familia— es la forma más adecuada de hacerlo. Pero ¿qué sucede cuando, por diversos motivos, no es posible que acudan todos o algunos de sus integrantes? ¿Es posible realizar una terapia sistémico-familiar de manera individual?
«Prefiero no venir con mi familia»
La realidad que me ha tocado vivir en la clínica es que, salvo cuando se solicita expresamente una terapia familiar o cuando los padres acceden a acudir con el objetivo de «ayudar» a cambiar a sus hijos, las demandas y los motivos de consulta suelen estar sustentados en narrativas individuales.
Esta preferencia está motivada tanto por la evolución del concepto de terapia como por la transformación de la idea de familia e individuo. En cuanto a la terapia, la popularidad y la necesidad del espacio terapéutico han crecido hasta el punto de que muchas personas ya no acuden como último recurso ni esperando soluciones mágicas —al menos no de forma tan evidente—. En cuanto al concepto de familia, esta ha ido perdiendo fuerza como principal espacio de referencia. La adolescencia comienza cada vez antes y los lugares donde construir grupos de pertenencia son mucho más amplios gracias a internet y a los juegos en línea.
En lo que respecta al individuo, vivimos en la época del «desaparece seis meses y vuelve irreconocible». Es una época en la que la vergüenza por no ser personas completas y libres de conflictos está muy presente. Sin embargo, el proceso terapéutico implica un crecimiento personal, pero siempre de la mano de un trabajo, en mayor o menor medida, sistémico.
Aunque en el enfoque individual, el foco está puesto en la realidad subjetiva intrapsíquica; dicho de manera sencilla, en aquello que sucede en la mente del paciente y en cómo lo experimenta. En cambio, el enfoque sistémico dirige la atención hacia las dinámicas que mantiene el paciente identificado —o chivo expiatorio— con sus vínculos más significativos.
Un crecimiento desde la individualidad
Lo primero que se le enseña —o, al menos, creo que debería enseñársele— a un terapeuta sistémico es que nuestro trabajo se sostiene sobre una perspectiva multifocal. Esto exige entrenar la capacidad de ir del todo a la parte y de la parte al todo; dicho de otra manera, comprender la individualidad de cada miembro sin perder de vista la dinámica que existe entre ellos.
Cuando, por diferentes motivos, la terapia sistémica se realiza de forma individual, es decir, sin la presencia de la familia, el trabajo presenta algunas modificaciones. Las razones por las que no acudirían padres, hermanos o pareja pueden ser múltiples: desde la imposibilidad física hasta el hecho de que su presencia resulte contraproducente para los objetivos terapéuticos. Existen vínculos tan deteriorados que, en determinados momentos, lo más saludable puede ser tomar distancia de ellos mientras se elaboran ciertas cuestiones.
En estos casos nos centramos en la individualidad. Esto no significa olvidar que existe una realidad fuera del paciente, sino comprender que todo lo que se trabaja está inevitablemente filtrado por su experiencia subjetiva. No hablamos de un padre o una madre «reales», sino de la representación mental que el paciente tiene de ellos.
Al no estar presentes las otras personas, las explicaciones sobre sus conductas quedan completamente atravesadas por las interpretaciones, prejuicios y suposiciones del paciente: «No me quiere ayudar a mudarme porque tiene miedo de quedarse solo», «Solo me pone límites cuando le conviene», etc.
En este punto, lo que diferencia la terapia sistémica —aunque sea individual— del psicoanálisis u otros enfoques individuales es que las intervenciones estarán orientadas a incluir, de algún modo, a esas personas significativas: cartas, técnicas narrativas, invitaciones puntuales, propuestas de interacción y muchos otros recursos. El objetivo es que ese crecimiento individual prepare al paciente para comenzar a modificar, al menos desde su lugar, las pautas de relación. Esto responde al principio sistémico según el cual el cambio en una de las partes modifica al todo.
Fortaleza yoica
Cuando hablamos de crecimiento individual, en realidad estamos haciendo referencia al fortalecimiento del Yo. El Yo puede entenderse como aquella instancia que organiza y gestiona nuestra experiencia consciente. Una explicación sencilla sería la siguiente: el cumpleaños de un amigo forma parte de mi conocimiento consciente porque lo he celebrado con él en otras ocasiones. Sin embargo, cada año probablemente lo olvidaría si Facebook no me lo recordara o si no viera alguna historia en Instagram. Esto sucede porque mi Yo prioriza otras cuestiones antes que ese acontecimiento.
Este mecanismo no solo organiza el material consciente; también debe ser capaz de soportar aquello que proviene del inconsciente. Cuando sufrimos un accidente o vivimos una experiencia con una carga emocional muy intensa, el Yo intentará procesarla. Si la experiencia resulta traumática, es posible que determinados aspectos —o incluso la experiencia completa— sean relegados al inconsciente mediante el mecanismo conocido como represión.
La terapia ofrece precisamente un espacio donde hablar de todas esas experiencias que nos hicieron o siguen haciéndonos daño. Permite que el paciente las nombre, las piense y les dé un significado. Sin embargo, este trabajo se convierte en un esfuerzo estéril si no se fortalece simultáneamente la capacidad de nuestra consciencia para sostener esa información. De lo contrario, aparecerán mecanismos como la negación o, en los casos más graves, una desestructuración psíquica.
Por ello, el trabajo terapéutico debe orientarse siempre a fortalecer esa capacidad. Incluso en una terapia de pareja donde el problema aparente es la incomunicación, esta no suele ser únicamente el resultado de un mal hábito comunicativo, sino la imposibilidad de hablar de determinados temas que ninguno de los dos miembros puede tolerar emocionalmente.
El retorno del Buda
El espacio terapéutico no deja de ser un laboratorio donde reflexionamos, formulamos hipótesis y trabajamos sobre aquello que genera sufrimiento. Pero todo ese trabajo debe poder trasladarse a la vida fuera de la consulta. Sino de nada sirve.
El individualismo propio de nuestra época es, en gran medida, una fachada. Detrás de él encontramos mensajes como: «Muéstrate como una persona completa» o «No permitas que los demás vean tus imperfecciones». Las presiones sociales, familiares y extrafamiliares, junto con la falta de vínculos genuinos, hacen que vivamos desesperadamente necesitados de validación y afecto. Muchas personas llegan a terapia esperando convertirse en seres completos, alcanzar una especie de perfección y regresar a su vida sin heridas, sin dudas y sin miedo.
Cuando Buda alcanza el Nirvana comprende también la importancia de regresar. Esa idea siempre me ha llamado profundamente la atención y me recuerda a la conclusión a la que llega Christopher McCandless en Into the Wild: la verdadera felicidad solo existe cuando es compartida. Ni Buda ni nadie puede dejar de pertenecer a un sistema. Todos formamos parte de un entorno y desempeñamos un determinado rol dentro de él. El sufrimiento aparece cuando dejamos de elegir ese rol y terminamos siendo prisioneros de él. El verdadero objetivo consiste en decidir quién queremos ser y cómo queremos vivir.
Entonces, ¿qué sucede en una terapia sistémico-familiar individual? Las preguntas y las hipótesis siguen la misma lógica. A partir de las narrativas del paciente —es decir, de la historia oficial que cuenta sobre sí mismo y sobre su vida— comprendemos el lugar que ocupa dentro de su sistema de relaciones. Cuando existe malestar, suele deberse a que ese rol no le permite desarrollarse ni conectar consigo mismo. Se encuentra ocupando un lugar que no le corresponde: el cuidador de todos, el padre o la madre cuando en realidad sigue siendo hijo, entre muchos otros.
A través de historias alternativas, nuevas perspectivas y recursos como las cartas terapéuticas, ayudamos al paciente a construir una nueva narrativa. Una historia que pueda hacer propia, que respete su individualidad sin obligarlo a renunciar al sentido de pertenencia.

Ps. Mateo Montoro Inchausti
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